sabato 2 maggio 2026

Entre las “fobias” construidas o amplificadas en este período, la islamofobia es real. Parte I.

 



Entre las “fobias” construidas o amplificadas en este período, la islamofobia aparece, en mi opinión, como un fenómeno que también presenta elementos de realismo político y social.

Los liderazgos occidentales de inspiración “democrática progresista”, es decir, de izquierda, así como algunos líderes de derecha, no han comprendido plenamente la cuestión islámica. La izquierda tiende a transformarla en una batalla por la protección de los derechos de las minorías, como LGBTQ+, inmigrantes y otras categorías, contraponiéndose a la derecha, que en cambio insiste en los valores tradicionales y en la defensa de la identidad nacional.

La cuestión de la inmigración, sin embargo, no debería plantearse únicamente en términos de inmigración regular e inmigración irregular, como suelen sostener los conservadores, porque esta perspectiva no capta el núcleo central. Debería más bien analizarse distinguiendo entre culturas más integrables y culturas menos integrables. Desde esta perspectiva, la religión se convierte en un elemento útil para realizar algunas distinciones necesarias a fin de comprender hacia qué dirección están evolucionando nuestras sociedades, sobre todo observando países europeos ya afectados por estas dinámicas, como España, Francia, Reino Unido y Bélgica.

Occidente se ha desarrollado a lo largo de los siglos sobre la base de valores definidos como “judeocristianos”, los cuales, aun en la diversidad de las creencias y de las posiciones teológicas, han expresado principios ampliamente compartidos: el respeto por la vida humana, la igualdad, el amor y el respeto hacia el otro. Si se integran religiones o culturas que no comparten la misma base de valores, o que poseen una diferente o incluso opuesta, se crean las condiciones para conflictos sociales. La historia enseña que tales tensiones tienen a menudo un fuerte componente identitario, a veces instrumentalizado por razones geopolíticas, pero difícilmente resoluble, porque involucra la cultura profunda de un pueblo o de grupos que se reconocen en determinados valores.

Lo que el mundo progresista-woke, en mi opinión, no ha comprendido es que no puede utilizar la palanca religiosa como instrumento político contra el mundo conservador, considerando que todas las religiones son asimilables, como habría ocurrido con el catolicismo adaptado al modernismo. Existen religiones que no resultan fácilmente asimilables, como el judaísmo y el islam, ambas caracterizadas por una fuerte identidad, en las que incluso el laico a menudo no renuncia por completo a su propia referencia cultural. En este contexto conviene comprender cuándo la falta de asimilación identitaria puede transformarse primero en un rechazo latente y luego en un rechazo abierto de la cultura de acogida, sobre todo cuando la tasa de crecimiento de esa comunidad se vuelve significativa.

El cristianismo, en sus múltiples formas (católico, ortodoxo, copto, protestante, evangélico), aun teniendo en su propio ADN misionero la difusión del Evangelio, promueve la fe pero no impone la sumisión religiosa. Al haberse desarrollado predominantemente en Occidente, ha sido fuertemente influenciado por la cultura pragmática occidental, lo que podríamos definir como un proceso de asimilación, aunque permaneciendo anclado en los valores fundamentales expresados por los Evangelios. Por ello se presenta hoy, en gran medida, como una religión pacífica, abierta a la humanidad en sentido inclusivo e influenciada también por la cultura laica y moderna en las costumbres y en el pensamiento social y político.

Los judíos, en distinta medida según los contextos, mantienen una fuerte identidad y a menudo rechazan la asimilación completa a la sociedad laica. Esto no significa que no se integren o no contribuyan al desarrollo social de la comunidad en la que viven. Los judíos nunca han impuesto la comida kosher en los comedores escolares públicos, no han pedido la retirada del crucifijo ni obstaculizado festividades cristianas, y no solo por ser minoría, sino también porque, al no tener una vocación proselitista, no buscan la conversión de los demás al judaísmo.

De hecho, en la historia los judíos han sufrido persecuciones por parte de la Iglesia católica, del régimen zarista —sobre todo entre el siglo XVIII y 1917, bajo Nicolás I de Rusia, Alejandro III de Rusia y Nicolás II de Rusia— así como bajo Joseph Stalin entre los años treinta y 1953. En conclusión, al no tener como presupuesto doctrinal la conversión de los no judíos, nunca han expresado un impulso sistemático hacia la persecución de otras fes.

Distinto, según este planteamiento, sería el caso del islam, en cuyo mismo significado etimológico de “sumisión” a Allah se leería una orientación no solo religiosa, sino también social y política. Mientras que en el cristianismo y en el judaísmo el hombre es libre de elegir si seguir a Cristo o las mitzvot (preceptos), en un camino de elevación personal, en el islam la conversión tendría un impacto no solo individual, sino también familiar y colectivo, orientado a conformar la sociedad a la voluntad divina.

En el islam, el Corán, la Sunna y la Sharīʿa no serían solamente prescripciones para el individuo, sino normas que el creyente tiende a trasladar a la sociedad en la que vive. Esta dinámica suele definirse como “islamización”. El problema, desde esta perspectiva, es que los valores de referencia pueden parecer en contraste con los laicos, cristianos o judíos. Si para cristianos y judíos incluso los no creyentes pueden ser juzgados en función de sus obras hacia el ser humano, los animales y la naturaleza, en el islam existiría en cambio la categoría de los “infieles”, término que ya evoca un juicio negativo.

Por este motivo, con vistas a un desarrollo pacífico de nuestras sociedades, el problema político no debería limitarse a la distinción entre inmigración regular e inmigración irregular, sino que también debería referirse a qué culturas acogemos y, sobre la base de un cuidadoso análisis de los riesgos sociales, qué medidas legislativas adoptamos para contener posibles derivas, sin por ello impedir a un musulmán migrar a nuestros países.

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